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El silencio no es ausencia.
Es el lugar desde donde lo veo todo.
Nací sin oír el mundo. Fue mi abuela quien, sosteniéndome en brazos frente a las imágenes del hogar, me reveló sin saberlo el único lenguaje que no me exigía el sonido. Tengo hipoacusia severa — sin audífonos, no oigo absolutamente nada. Eso no es una limitación que haya superado. Es la condición que ha formado mi percepción desde el principio. Aprendí a leer los labios antes de aprender a confiar en el sonido.
Como Tanizaki encontraba en la penumbra japonesa una forma de belleza que la luz directa destruye, yo encuentro en el silencio una cualidad que el ruido no puede contener: la posibilidad de estar completamente presente. El silencio no vacía - concentra.
Trabajo con materia que guarda memoria física: pintura de fuego, cerámica, grabado, obra gráfica. Elijo procesos lentos e irreversibles porque el silencio no admite prisa. Una plancha mordida por el ácido no se puede deshacer. Una madera quemada lleva esa huella para siempre.
Esa permanencia es la que me interesa: la marca que deja lo que no se ve ni se oye, pero que estuvo ahí.
Mi obra no habla sobre el silencio. Nace de él.