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El silencio no es ausencia.

Nací sin oír el mundo. Tengo hipoacusia severa — sin audífonos no escucho absolutamente nada. Eso no es algo que haya superado. Es la condición desde la que percibo: aprendí a leer los labios antes de confiar en el sonido. Aprendí a leer lo que queda.

Trabajo con fuego sobre madera, con arcilla, con ácido sobre plancha de grabado. Elijo estos procesos porque son irreversibles: la madera quemada lleva esa marca para siempre, la plancha mordida no vuelve atrás. No trabajo con materiales que permiten corrección. Trabajo con el tiempo que ya ocurrió.

Lo que me interesa no es representar. Es que la huella sea el objeto — la evidencia de que algo ocurrió aquí. La pregunta que articula toda mi práctica es directa: ¿qué queda cuando el proceso termina y ya no se puede cambiar nada?

Mi obra no habla sobre el silencio. Nace de él.